Se confirmó la derrota de la UMP en la segunda vuelta de las elecciones francesas. No hubo lugar para muchas sorpresas, ya que pasó lo que todos se esperaban. París y Lyon en manos del PS, mientras que Marsella seguía perteneciendo a los conservadores.
El presidente de la República, Nicolas Sarkozy, ha tenido largo tiempo observando las encuestas y como se desarrolló la primera vuelta, para poder efectuar una gran estructuración en el gobierno, que, aunque él no lo quiera ver, es uno de los responsables de la caída. Sin embargo, los esperados anuncios se tornaron en una pequeña decepción, ya que los movimientos son mínimos, no se cambia ni a un ministro, y afectan esencialmente a las secretarías de Estado.
Incluso, la reaparición en el gobierno del ex primer ministro Alain Juppé, flamante ganador en Burdeos, ha sido desaprovechada y ha sido colocado en la secretaría de Estado para la Cooperación y la Francofonía.
Sarkozy tenía una buena oportunidad para enderezar el rumbo del barco, pero no ha sabido aprovecharlo. Los cambios en el gobierno son pequeños reajustes a su política, que parece que seguirá en el rumbo errático de estos meses.
De todas maneras, hay que aplaudir al hiperpresidente, pues ha demostrado su gran capacidad operativa en el tiempo que lleva al frente de Francia, pues de las dos grandes victorias de mayo, ha obtenido un severo correctivo, sólo 10 meses después.
